Biografía

ací en Granollers, Barcelona, un domingo de junio del 77 a muy temprana hora. De madrugada. Demasiado temprano para el sueño profundo de mi padre, y algo tarde para los dolores de parto de mi querida madre. Ahí viví una vida feliz, algo pueblerina dirían los cosmopolitas barceloneses de la ciudad condal, pero muy necesaria para el encaje y desarrollo de mi personalidad tranquila, apaciguada y conformista. Siempre he sido algo temeroso, prudente, dubitativo, quizá en demasía algunas veces. Pero también acunó mi parte inquieta, revoltosa y expectante de mi parte jovial. Ese estigma estereotipado de buen géminis que aún hoy en día me acompaña. Ya no tanto la jovial que cada vez me rehúye más. Eso sí, con el tiempo este géminis ha aprendido a no morderse la lengua. Y la verdad, uno le pilla el gusto a eso de nadar contracorriente.

Tuve una escolarización religiosa en los escolapios. Digna, buena, de calidad. Y sí, religiosa. A los más jóvenes le sonará a chino, eso de la EGB. En tal hábitat con olor a incienso y mirra, o se me despertaba el culto por el catolicismo, o bien tomaba los conocimientos desde un prisma más laico. El prisma más mundano y secular que una orden Calasancia pudo facultarme. Ahí descubrí buenas amistades y profesores ejemplares. Es innegable que fue entonces cuando se me despertó ese gusanillo insaciable por la escritura. Tras algunos juegos florales en los que participé y recogí algún que otro premio escolar, descubrí la magia de las palabras. Lo bello que resulta escribir accediendo a partes invisibles. Inabordables tras los cientos de capas que cada uno de nosotros lleva siempre de disfraz. El maltrato que la intriga inflige a nuestra conciencia creando un vínculo difícil de obviar. El arte, no solo de escribir, sino de cautivar la atención del otro. De comprar la voluntad del lector con bien poco. Con historias que suenan llenas de verdad. De vida. De sueños. Así empezó el juego del que me declaro ludópata resabiado. La seducción hecha conspiración.

Es curioso (la vida lo es). Cuando hay cosas que atañen a un mismo, eres siempre el último en enterarte. Da igual lo grande o evidente que sea. No fue distinto con esta devoción. La primera vez que oí a alguien hablar sobre la profesión de escritor, fue de mano de una tía de mi padre, la tieta Dolors. La clásica parienta que bien describe Joan Manuel Serrat en su canción. Yo debería tener quizá unos doce años, no más. Fue ella, con su carisma místico, basilisco e introvertido, quién vaticinó semejante insensatez. Cómo obtuvo semejante revelación, lo desconozco. Solo recuerdo sus palabras temblorosas. “Joven, ¿y tú por qué no te haces escritor?”. ¿Escritor? ¿Yo? Quizá lo dijo como cuando alguien te anima a ser bioquímico, banquero o director general de una multinacional. Confiando que el futuro de tal profesión te reporte un esplendor económico singular, una fama meritoria y un estatus excelente. Cuan equivocada estabas tieta si así fue la cosa.

Tampoco recuerdo cuando fue mi primera vez (literaria me refiero). Tampoco es algo que quiera destacar. Es más bien que, cuando empezó, disfruté con ello. Es el quid de la cuestión. Lo único importante, de hecho. Poder seguir haciéndolo sin parar. No importa cuál fue la primera, ni tan solo no haber publicado o haber conseguido ningún premio destacable por ello, lo importante es que esta vez no sea la última. Poder seguir gozando con ello. Cuando uno descubre lo que de verdad le gusta hacer, es difícil dejar de hacerlo. Solo así se explica que ahora mismo, después de haber dormido escasas seis horas ayer, sean ahora mismo las tres de la madrugada y siga aquí, enganchado al teclado y al café de cápsula. Sintiéndome acompañado por ti, un lector desconocido, pero al que le debo enorme gratitud. Porqué todos, hasta el más erudito cenobita en el culo del mundo, allí donde no llega ni Internet, se debe a un motivo existencial de su principal acción. Y el mío eres tú. Gracias por hacer posible cumplir mi sueño de escribir. Sin ti, poco tendría qué decir.